Estado laico, ¿sabes lo que significa?

Actualmente España es un Estado aconfesional, pero durante la II República fue un Estado laico. Te explicamos en qué consiste este modelo y su evolución.

Estado laico, ¿sabes lo que significa?
Las costumbres religiosas desaparecen de la vida pública

El 13 de octubre de 1931, poco después de proclamarse la Segunda República Española, el presidente Manuel Azaña pronuncio durante un discurso una frase reveladora: “España ha dejado de ser católica”. Toda una declaración de intenciones sobre el rumbo que iba a tomar el país, que se convirtió en un Estado laico.

La separación de la Iglesia y el Estado se materializaba en la Constitución de 1931, en concreto en su artículo 3: “España no tiene religión oficial”. Pero el laicismo caló más hondo. Se adoptó una actitud negativa hacia las costumbres religiosas y se limitaron los servicios públicos que guardaran algún vínculo con ellas.

ESTADO LAICO, CONCEPTO Y EVOLUCIÓN

Históricamente, hablar de un Estado laico hace referencia a la adopción de una actitud de neutralidad religiosa. Los republicanos españoles se fijaron en la situación que se vivía en Francia a principios de siglo y aplicaron el mismo modelo.

Antes de la Constitución de 1931, los republicanos tenían varios objetivos marcados: establecer la libertad de culto, secularizar los cementerios y los hospitales, fundar escuelas laicas, aprobar el divorcio y reducir lo máximo posible el número de órdenes religiosas en el país.

Los primeros pasos fueron lentos y apenas se aprobaron unas pocas medidas. El artículo 26 de la Constitución desató un apasionado debate entre las diferentes fuerzas políticas, cuyo resultado fue la decisión de eliminar la prohibición de las órdenes religiosas a cambio de limitar su influencia en la vida pública, por ejemplo en las escuelas. Sí se disolvió la orden más odiada por entonces, los jesuitas. También se estableció que el Estado dejara de apoyar económicamente al clero.

La implantación del Estado laico provocó la reacción de la Iglesia católica, que no estaba dispuesta a perder su autoridad en la sociedad española. El Papa Pío XI se puso en contacto con los obispos españoles atacando el laicismo y defendiendo “la ley de Cristo”. Varios enfrentamientos violentos entre católicos y anticlericales pusieron de manifiesto la enorme tensión que se vivió durante estos años.

Quizá el momento más tenso se produjo a partir de 1933 cuando se aprobó la Ley de Confesiones y Congregaciones Religiosas, que establecía la obligatoriedad de las órdenes religiosas de apuntarse en un registro especial. Todas las cláusulas del famoso artículo 26 entraban oficialmente en vigor: eliminación del presupuesto destinado al clero, reglamentación del culto público, nacionalización de parte del patrimonio eclesiástico…

Además se intentó el cierre definitivo de las escuelas católicas, pero el sistema público no pudo dar cabida a todos los alumnos que estudiaban en estos centros. En noviembre de 1933, el nuevo Gobierno formado por partidos de centro y derecha suprimió dicha medida.

Tras la Guerra Civil y la instauración del franquismo el Estado laico dio paso a un modelo radicalmente opuesto, el Estado confesional, mientras que en la actualidad España es un Estado aconfesional.

 

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